martes 9 de febrero de 2010

LA TOMA DE LA GRAN CIUDAD BLANCA (I)

Por: Mario Coyula Cowley

La Habana fue una ciudad más española que las de otras colonias iberoamericanas en el continente, emancipadas ocho décadas antes. La población indígena en Cuba era subdesarrollada y escasa, y fue exterminada y asimilada muy rápidamente, dejando pocas huellas en la cultura material cubana, excepto la típica choza de palma, el bohío, y algunas comidas elementales que han tenido el raro privilegio de pasar de pobres a lujosas. En cambio, hacia 1817 la población de color superaba en 45 mil a la blanca, y veinte años después se alcanzó el pico en la importación de esclavos traídos del África Occidental y Angola. El aporte cultural africano fue muy importante para el patrimonio intangible, especialmente los cultos religiosos sincréticos, música y danza; pero tampoco influyó en las estructuras territoriales y la imagen urbana, que estuvo dominada por códigos y valores europeos, ya mestizados en épocas tempranas con vestigios mudéjares. Entre fines del siglo XVIII y principios del XIX llegaron a Cuba cerca de treinta mil colonos franceses huyendo de Haití y de la Luisiana. Esa inmigración trajo adelantos en la producción de azúcar y café, y además dejó una huella importante en la cultura y las costumbres, sobre todo en el extremo oriental del país.

Por otra parte, ye desde mediados del siglo XIX comenzó a sentirse con fuerza la influencia estadounidense, combinada con el despertar del sentido de nacionalidad en una burguesía naciente y un patriciado criollo rico, ilustrado y emprendedor. Ellos comparaban favorablemente a la joven república del Norte con la ancestral opresión de la metrópoli europea sobre una colonia que ya por esa época era su principal fuente de ingresos. Ese sentimiento de cubanía se construyó pasando distintas etapas, anexionismo, reformismo, autonomismo y finalmente independentismo. Todas estas influencias reforzaron el carácter blanco de la ciudad. La cultura de los esclavos africanos sobre los que se apoyó la boyante economía de plantación en el XIX cubano, fue incomprendida y reprimida por mucho tiempo. Los negros y pardos libertos, en gran parte dedicados a oficios, habían ido poblando algunos barrios habaneros pobres de extramuros. Mayoritariamente habitaban en solares o ciudadelas, con tiras dobles o sencillas de locales a lo largo de un patio largo, estrecho y profundo, donde en cada habitación se hacinaba una familia completa. Otra forma de infravivienda, también muy asociada a raza, fue la cuartería: antiguas mansiones devenidas tugurios, subdivididas horizontal y verticalmente con las ubicuas barbacoas –entrepisos improvisados para aprovechar los altos puntales originales.


Tampoco desarrolló tipos propios de vivienda la inmigración china, fundamentalmente cantonesa, que sustituyó a los esclavos africanos. Esa comunidad se agrupó en un barrio de la ciudad central pero insertada en edificaciones que seguían modestamente los códigos del neoclasicismo y el eclecticismo europeos. Este componente étnico está en extinción debido a que esa inmigración fue mayoritariamente masculina, y no ha habido reposición. A pesar de la fuerte participación de negros y mestizos en el Ejército Libertador durante las guerras independentistas del último tercio del XIX, la oficialidad era predominantemente blanca, y varios de los principales jefes negros murieron en combate. Durante el primer cuarto del siglo XX entraron a Cuba más inmigrantes españoles que en todos los cuatro siglos anteriores de dominio colonial; y en mucha menor medida empezaron a llegar judíos europeos, especialmente a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Con un siglo de retraso, parecía estarse cumpliendo la estrategia de blanqueamiento de la población de la Isla, recomendada por los ideólogos del patriciado terrateniente criollo ya desde fines del siglo XVIII para evitar el Peligro Negro tras las revueltas de Haití. La cruel represión del alzamiento del Partido Independientes de Color en 1912, con más de tres mil muertos, muchos asesinados después de rendirse, fue un mensaje claro de la oligarquía blanca para los negros inconformes con su marginación.

Si La Habana colonial española fue blanca, también lo fue la republicana. Eso era evidente en la cultura y patrones de conducta que imponían la clase dominante; así como en el diseño urbano y el paisaje de la calle, la arquitectura, paseos y parques, comercios, cafés y teatros; y en las calles comerciales, verdaderos centros lineales que estructuraban el tejido urbano. Hacia los 1920s, Buenos Aires y La Habana eran las dos grandes ciudades de América Latina, pero La Habana ya había empezado a tomar un aspecto majestuoso en el último tercio del XVIII, reforzado con las reformas urbanísticas en la década de los 1830s. Desde mediados del XIX un barrio completo, "El Cerro", se pobló con espléndidas casas-quintas de arquitectura neoclásica donde el patriciado criollo escapó de la convivencia con estratos sociales inferiores, pero también del cólera que en 1833 mató a ocho mil habaneros en tres meses. Esas epidemias eran causadas por el hacinamiento que ya golpeaba a la antigua ciudad amurallada, situada al final del acueducto a cielo abierto de 1592, primero hecho por europeos en América. El apogeo de este barrio duró poco, y ya en el último cuarto de ese mismo siglo la construcción de nuevas villas palaciegas se detuvo.

miércoles 20 de enero de 2010

"La Machina", del puerto de La Habana


Entre las interesantes muestras del Museo del Castillo de la Fuerza, podemos ver una reproducción a escala de una antigua grúa, que fue muy conocida el puerto de la Habana y dio su nombre a uno de sus muelles “La Machina

La Machina era una grúa para arbolar barcos, o sea, para colocarles los mástiles y otros aparejos. Fue instalada en 1740 en el sitio donde carenaban las embarcaciones, muy cerca de la Comandancia de la Marina, como puede apreciarse en el grabado de Federico Mialhe (1840): la máquina se ve en el extremo izquierdo, encimada sobre un navío. Su estructura piramidal la componían tres gruesos tubos o vástagos, uno de los cuales era de metal y se conocía como «el Palo de la Machina». Dañada por el huracán de 1846, dicha máquina fue sustituida en 1854 por una similar, pero toda de acero (foto inferior izquierda), hasta que en 1903 se decidió deshabilitarla por ser obsoleta, además de obstaculizar el tendido de las líneas para los tranvías eléctricos. La maqueta que se encuentra en el museo está hecha con la madera del mecanismo original. (Opus Habana)


Sobre “La Machina”, también podemos ver un interesante artículo de Josefina Ortega, en La Jiribilla

lunes 18 de enero de 2010

La Giraldilla, de regreso al Castillo de La Fuerza.

Esculpida y fundida por el habanero Gerónimo Martín Pinzón, la estatua de la Giraldilla fue colocada en la torre del Castillo de la Real Fuerza durante el gobierno del capitán general Juan Bitrián de Viamonte (1630-1634). Según la leyenda, su escultor se inspiró en la historia de amor de Hernando de Soto e Isabel de Bobadilla. Derribada por el huracán de 1926, años después fue trasladada al Museo de Bellas Artes y, luego, al Museo de la Ciudad, en tanto una réplica ocupó su lugar en lo alto de la torre.

Con la inauguración del Museo Castillo de la Real Fuerza el 6 de junio de 2008, el original ha sido ubicado en la entrada de la fortificación. Esta figura de mujer de 1,05 m de altura sostenía en su mano derecha una hoja de palmera, mientras que en la izquierda porta el estandarte de la Cruz de Calatrava, orden a la que pertenecía el mencionado capitán general.
Fuente: Opus Habana






Imágenes de la Giraldilla en su anterior emplazamiento en Museo de la Ciudad, fotos HBN



viernes 15 de enero de 2010

Restauración del Castillo de la Real Fuerza



El pasado año abrió sus puertas en una nueva e importante rehabilitación el Castillo de la Real Fuerza, la más antigua fortaleza de Cuba. Iniciada en 2003, la restauración del Castillo de la Real Fuerza se atiene al criterio de respetar las huellas insertas en su historia, con el único añadido del puente lateral, de diseño contemporáneo y senci­lla estructura de madera y vidrio.

Una vez más, la Giraldilla convida a visitar la más antigua fortifica­ción habanera, no ya como ré­plica en las alturas de su torre, sino en la propia entrada, donde el original de esa escultura emblemática ha sido colocado definitivamente. Con la inauguración del Museo Cas­tillo de la Real Fuerza se cumple un viejo anhelo: justipreciar el valor de ese inmue­ble como primer exponente de la arqui­tectura militar renacentista en América, a la vez que acoge una muestra permanente sobre la importancia de La Habana y su sistema de fortificaciones, declarado Pa­trimonio de la Humanidad en 1982.




El guión museológico se fundamenta en 14 espacios con dos temáticas fundamentales interrelacionadas: la arqueología subacuáti­ca y la historia de la construcción naval. La idea es potenciar la diversidad con hallazgos arqueológicos en pecios, el modelismo na­val y la recreación de la vida a bordo. Guiándose por la señalética —dada en un criterio minimalista que rememora los mástiles de madera de las antiguas naves—, el visitante debe acudir a los complementos informativos si quiere transitar «a toda vela» por los espacios expositivos.

Remontarse a los antecedentes de la historia naval en la Isla requiere marchar al encuentro con los primeros pobladores aborígenes, dada la condición de insula­ridad y la teoría migratoria a través de la cuenca caribeña. El dominio de la técnica lítica, empleada en hachas petaloides y gubias de concha, así como el aprovechamiento de las bondades del mundo vegetal circundante, les permitió utilizar la canoa como medio indispensable para la navegación. Grandes cedros fueron calados y transformados en embarcaciones con capacidad para 50 o más personas.

En contrapartida, en 1492 arribaron a las costas del Nuevo Mundo las naos conquistadoras al mando del Gran Almi­rante Cristóbal Colón: la Santa María, la Pinta y la Niña. Tras el descubrimiento y conquista del continente americano, comenzó la explota­ción de sus riquezas —especialmente plata y oro—, las cuales eran trasladadas hasta España mediante el sistema de flotas crea­do en 1561 para proteger esos embarques de los ataques de corsarios y piratas, en su mayoría ingleses y franceses.

Unos pocos años antes, ya la villa de San Cristóbal de La Habana había gana­do protagonismo gracias a la posición es­tratégica de su puerto, donde convergían las naves que —procedentes de Nueva España (México), Cartagena de Indias (en Colombia) y Portobello y Nombre de Dios, en la actual Panamá— aprove­chaban la Corriente del Golfo en su trán­sito hacia la Península. No obstante, a pesar de su importancia, el enclave habanero apenas era defendido militarmente, lo cual se puso de manifiesto en 1555 cuando el corsario francés Jacques de Sores diezmó a la población luego de in­cendiar la Fuerza Vieja, precaria fortaleza que ni siquiera pudo ofrecer resistencia. Fue entonces que, a poca distancia de aquélla, se ordenó construir el Castillo de la Real Fuer­za, hoy convertido en museo. De hecho, pudiera afirmarse sin corta­pisas que muchas de las piezas museables aquí expuestas son evidencia tangible del estrecho vínculo entre La Habana y la «Flota de Indias» como parte del mecanis­mo que englobaba todo el comercio y la navegación de España con sus colonias.




En primer lugar se destacan aquellas ri­quezas que —durante siglos— aguardaron la llegada de los asentistas y sus escandallos de plomo en los pecios. Entre cabos, apa­rejos y bastimentos aparecen esos vestigios arqueológicos subacuáticos: cajas de cauda­les, monedas, discos, barras de oro y plata... cuya exposición al público «ayuda a los bar­cos que yacen en el fondo del mar a termi­nar sus viajes», como expresara Françoise Riviere, subdirectora general para la Cul­tura de la UNESCO, en su atento mensaje con motivo de la apertura del Museo Casti­llo de la Real Fuerza. Son los casos —entre otros— de los navíos Almiranta Nuestra Señora de las Mercedes y Sánchez Barcaíztegui, los cua­les naufragaron por diversos motivos, no obstante contar con instrumentos de na­vegación tan preciados como sextantes, octantes y brújulas. Notorio es que inte­gren la colección habanera tres astrolabios (siglo XVII) de los 65 declarados que se conservan en el mundo.



A los vestigios arqueológicos subacuáticos, se su­man los hallazgos efectuados recientemente por el Ga­binete de Arqueología (Oficina del Historiador de la Ciudad) durante las excavaciones en la propia fortifi­cación. Proyectiles, restos de armamentos, accesorios de vestimenta militar, monedas y orfebrería religiosa son expuestos en una sala monográfica. El discurso museológico dedica un amplio espa­cio en la segunda planta a reivindicar el modelismo naval. Los ejemplos abarcan desde el gran vapor Juan Sebastián Elcano (1926), de la Compañía Trasatlán­tica de Barcelona, hasta la embarcación de papiro Ra II, protagonista de la expedición de Thor Heyerdahl por el Océano Atlántico en 1970.



Pero la más significativa prueba de ese bello arte será —sin dudas— el gran modelo del Santísima Tri­nidad que, a cargo de especialistas cubanos, contribuirá con creces a que el amplio público conozca una de las facetas más apasionantes de la historia naval en Cuba: el desarrollo de su industria naviera durante el proceso de reorganización de la Real Armada, cuando por Real Orden del 27 de junio de 1713 se iniciaron las obras del futuro Real Arsenal de La Habana. En su sierra hidráulica, movida por la fuerza del agua de un ramal de la Zanja Real, fueron aserrados los componentes del Rayo, San Carlos, San Pedro Alcántara y el mencionado Santísima Trinidad, conocido este último como el «Escorial los Mares» por ser el más grande navío de su tiempo, el único con cuatro puentes.

Esos bajeles eran arbolados en La Machina, reproducida en una maqueta realizada con la madera original de ese mecanismo. No pocas sorpresas cabría esperar de continuar buscando los restos de la anti­gua muralla marítima en las cercanías de la fortificación, pues los lienzos de aquélla engarzaban con esta última hasta que fueron derruidos tras la ampliación de la Avenida del Puerto en 1929.

Fuente:
Tomado de Opus Habana
Autor FERNANDO PADILLA, miembro del equipo editorial de Opus Habana.

martes 12 de enero de 2010

Apuntes para la historia del reloj en Cuba

Siguiendo la estela de esa fascinación que sentimos los arquitectos por el mecanismo de los relojes y la presencia de estos durante siglos en las fachadas de edificios emblemáticos, hoy veremos en Arquitectura Cuba un magnifico artículo que repasa la presencia de este artilugio en Cuba.


Reloj de Quinta Avenida, o también como le llamaron los viejos habaneros: «el reloj de Pote», en alusión al emprendedor emigrante gallego José López Rodríguez, dueño de los terrenos donde se fomentó el Reparto Miramar.

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jueves 7 de enero de 2010

Conjunto residencial y de servicios; Santa Catalina y 10 de Octubre


Proyecto Santa Catalina y 10 de Octubre, propuesta para un nuevo Complejo residencial y de servicios situado en la intersección de dichas calles. El proyecto recibió el Primer Premio en la Categoría de Vivienda en el VI Salón Nacional de Arquitectura del 2008. Los autores son los jóvenes arquitectos graduados en 2001: Dayman Pedrero, Graciela García y Alejandro García, que forman el grupo DAG Arquitectos

Estado actual

DESCRIPCIÓN DEL PROYECTO

El proyecto del conjunto residencial y de servicios Santa Catalina y 10 de Octubre surge a partir de una solicitud de la DPPFCH (Dirección Provincial de Planificación Física de Ciudad de la Habana) para el estudio de parcelas libres con potencial para la revitalización de determinadas zonas de la ciudad. Se tomó como caso de estudio la parcela sita en la intersección de las calzadas del Diez de Octubre y Santa Catalina por su importancia en la estructura funcional del municipio y por su condición ociosa. El objetivo principal del proyecto es jerarquizar el extremo Este de la Avenida Santa Catalina, una de las sendas más cualificadas de la ciudad por el tratamiento del arbolado y su valiosa arquitectura residencial, que conjuga elementos del eclecticismo y el movimiento moderno.







CONCEPTOS GENERALES

- Proveer un remate visual para la Avenida Santa Catalina.
- Aprovechar la topografía accidentada de la parcela.
- Lograr la máxima integración entre el espacio construido y el espacio abierto de participación.
- Utilizar códigos contemporáneos y de ruptura como método de jerarquización en el entorno.
- Aprovechar al máximo las visuales desde y hacia la parcela.
- Promover la yuxtaposición de funciones.




El conjunto se compone de dos volúmenes principales, uno en forma de pantalla para establecer el cierre visual y otro en forma de cuña que refuerza el eje direccional de la avenida; y marca a su vez, un acento en el recorrido de la Calzada del Diez de Octubre. La disposición articulada de los volúmenes en forma de L se concibe como telón de fondo del espacio abierto que constituye la plaza.

El complejo alberga funciones públicas de tipo comercial, cultural y recreativo en las dos primeras plantas mientras que los bloques de mayor altura se reservan para oficinas y apartamentos. La topografía del terreno se aprovecha para la localización de estacionamientos con accesos vehiculares y de servicio por la vía secundaria. La expresión formal del edificio pretende imprimir al sitio un carácter contemporáneo a través de las formas pregnantes, el uso de ángulos agudos, los materiales modernos y la combinación de colores fríos y cálidos, sin dejar de prestar especial atención a los aspectos medioambientales.




Ver Arquitectura Cubana - Varios en un mapa más grande

martes 5 de enero de 2010

Reloj de la Catedral de Cienfuegos

Reloj donado por los hermanos Avilés, construido por Collin, relojero mecánico sucesor de Wagner, en el nº 118 de la calle Montmartre, en París, funciona en La Catedral de Nuestra Señora de la Purísima Concepción de Cienfuegos desde 1874.